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A los pies del Vesubio (II)

| Etiquetas: , , , , | Posted On 21 de abril de 2010

Sepultada bajo las cenizas de un gigante dormido, Pompeya también ocupó unas horas de nuestro viaje napolitano, aunque si bien fueron pocas. Las ruinas de aquella urbe arrasada en el 79 d.C. salpicaban las colinas tapizadas de hierba bajo la atenta mirada del orgulloso Vesubio.
De la mano de un guía turístico recorrimos las calles pompeyanas descubriendo entre guijarros y columnas desportilladas la historia de la antigua ciudad romana. Allí entramos, ficticiamente, a la vinatería (donde se conservan los recovecos excavados en la piedra para añejar el vino Vesuvinum –propio de la región–), a los templos, a las termas, a la panadería (donde aún se erige el horno donde cocían el pan y en el que se encontraron 33 panecillos carbonizados intactos después de la erupción, -alguien se olvidó de apagar el horno-) y entre otras cosas, al lupanar (donde pompeyanos y extranjeros eran atendidos por los “servicios sociales”, según dijo el guía).

Además, en Pompeya también nos dio tiempo para perder la compostura recreando la famosa imagen de los Beatles en Abbey Road o bien sacar alguna que otra fotografía poco seria (como sacar fotos instantáneas de nuestros saltos desde las columnas). /Todas ellas en el Picasa/.

La visita de la ciudad terminó en el supermercado, pero no en uno antiguo, sino en uno bien moderno llamado Carrefour. Situado fuera del complejo arqueológico, la multinacional francesa fue parada obligada, aunque nos robase horas de ocio en Pompeya, para comprar (cómo no) bebida y algo de víveres con los que alimentar el picnic del día siguiente en Capri.

La pequeña isla del golfo napolitano fue el próximo destino. Casas colgando de las faldas de las montañas pintadas por la brisa mediterránea, estrechas callejuelas combinando los negocios locales de ultramarinos con las boutiques de grandes marcas, y un sinfín de senderos que recortaban las sinuosas pendientes de los acantilados y nos precipitaron hacia los ‘faraglioni’. Un conjunto de calas y grandes rocas que surgían del mar donde tomamos el sol al más puro estilo cañí, llenamos el estómago con la compra carrefourniana y hasta nos remojamos los pies (algunos el cuerpo entero) en aquellas aguas cristalinas infestadas de medusas violetas.

Capri nos dejó impregnado en el cuerpo el olor a sal y a brisa marina del que poco después nos deshicimos con una buena ducha y una exquisita cena en un restaurante napolitano, “Lo squalo” (el tiburón). Junto a nuestro inseparable checo, un asturiano, un castellanoleonés y una serbia que hablaba siete lenguas, degustamos el pescadito del golfo de Nápoles (ése que los pescadores exhibían en improvisadas lonjas) y la especialidad de la “casa”, la pizza napolitana (dos “Vesubios”, una “Tonnata”, una “Caprese” y dos “4 stagioni”). Y de postre, un dulce típico napolitano, la “pastiera”, una torta echa de harina, huevos, ricotta, leche y los trucos del artesano.

Para poner el broche a nuestra escapada a Nápoles y alrededores, la última escala la hicimos en Caserta, un municipio situado al norte de la región, que alberga el Palacio Real de Casa Borbón-Dos Sicilias. Caminamos entre alfombras con siglos de historia y bajo lámparas suntuosas que iluminaban los frescos de los techos de las estancias. Andamos 6 kilómetros por los jardines reales, inmortalizamos los momentos de cansancio y desvaríos bajo la lluvia, y esprintamos en los últimos segundos antes de volver al autobús en una ajustada competición maratoniana entre España, República Checa y Serbia en la que la primera fue la clara vencedora.

Sin duda, un viaje inolvidable que nos deja nuevos amigos, amplía fronteras y prepara el terreno para el que será el último viaje ESN, la Apulia (Puglia –el tacón de la bota–).

Ecco qua! Las fotografías de la “gita” (excursión) a Nápoles y alrededores.

¡Saludos!

P.D. Iremos actualizando los álbumes picasa con nuevas fotos. ¡Atentos!

Rubén

A los pies del Vesubio (I)

| Etiquetas: , , , , , | Posted On 19 de abril de 2010

Pensaba que en Italia, por ser un país alargado, las carreteras iban a ser líneas rectas que recorriesen las ciudades “da nord a sud”; y por tanto no me iba a marear. Y encima que como iba a viajar de noche, iba a pasarme todo el trayecto dormido. Pero ni con esas conseguí librarme del “male di macchina” (mareo). Al final, tras una noche movidita llegamos a Nápoles, la capital del sur italiano.

Antes de adentrarnos en esta megalópolis, unas recomendaciones: llevar siempre la cartera en los bolsillos delanteros, con un máximo de 30€ en efectivo; no separarse del grupo y mucho menos recorrer las callejuelas; alejarse de los trileros y vendedores ambulantes, que ofrecen IPhone’s por 50€; y sobre todo no cruzar la calle sólo. Y es que Nápoles es una caos organizado, donde los coches no respetan ni los semáforos, ni las señales y mucho menos los pasos de cebra. A modo de curiosidad, tres de cada cuatro coches tenían una abolladura o un faro roto. La ciudad tiene fama, mejor dicho mala fama, de ser conflictiva. Obviamente no vimos a El Padrino, pero el ambiente de trueques y chanchullos está presente hasta cuando vas a comer a un restaurante.

Aun así es una ciudad con un encanto particular. Es cómo viajar a una película de Fellini, donde todavía las mujeres mayores bajan la basura con un cordel desde el balcón, y se llama a los niños por la ventana para cenar, porque están jugando en medio de la calle (aunque por ésta pasen coches). Y todo coronado por el gran Vesuvio (en italiano la segunda se escribe con ‘v’ y no con ‘b’).

El horizonte es completamente plano: a un lado el mar Tirreno y al otro la llanura de la “Campania”. La línea recta sólo se rompe por el impresionante volcán, y sus colinas contiguas. Entre ellas alguna por las que se esparce la ciudad. Y es que Nápoles es un sinfín de bloques de edificios a modo de colmena, unidos por cientos de tendidos eléctricos y farolas colgantes.

La ESN lleva haciendo este viaje desde hace siete años, así que ya saben cómo moverse por la ciudad. Nos hicieron un tour por las principales calles llenas de puestos ambulantes. Unas cuantas fotos en la antigua fortaleza y una “gelatto” en la plaza del Plebiscito completaron la jornada, que acabó con una cena a base de pizza al modo napolitano (no, no existe una ‘pizza napolitana’, como no existen los ‘spaghetti a la boloñesa’. La pizza se caracteriza en Nápoles por tener los bordes gordos, no por los ingredientes que lleva). Otro de los platos típicos de la región es el pescado que en la mayoría de restaurante suele ser fresco. Aunque también lo puedes comprar directamente a los pescadores; y es que vimos como al desembarcar en la playa, montaban improvisadas lonjas donde exhibían los animales todavía vivos y coleando.

Todos los viajes de la ESN incluyen de alguna forma el alcohol en su agenda y éste no iba a ser menos. Lo que pasa es que cada uno se lo toma como quiere. Están quienes fomentan el mito de Erasmus igual a borrachera continua; y quienes no dependemos de una botella para pasar una noche de fiesta. De esa forma, cuando cayó la noche nos reunimos en la terraza del hotel, y compartimos unas risas a los pies del Vesubio.

A grito de “sveglia” (despertador), a las ocho de la mañana nos preparamos para subir al Vesubio. Una vez arriba del volcán, cuando visitábamos el cráter y después de que la guía nos contase cómo fue la explosión del 79 d.C. que sepultó Pompeya, nos enteramos que media Europa estaba sobrevolada por las cenizas del volcán de Islandia. En el que estábamos sólo salían pequeñas columnas de humo, que la guía se apresuró a decir que eran normales chimeneas naturales de vapor de agua. Pero por si acaso, nos hicimos la foto y bajamos rápidamente de allí. Eso sí, ya podemos decir “yo he estado en el cráter de un volcán”.

Y así, como la lava, descendimos dirección Pompeya. Pero eso ya es otra historia...

Ahora os dejo con las fotos de esta primera parte




Hasta entonces, un saludo boloñes. Salva.

En un lugar de la Umbría

| Etiquetas: , , , | Posted On 31 de marzo de 2010

Hace unas semanas, cuando apenas habíamos deshecho las maletas de nuestra escapada a Roma, un nuevo viaje tenía cita en nuestro calendario: Asís, Perugia y Siena. Para nosotros fue el primero con la ESN, pero desde luego, no el último (estamos preparando ya la visita a Nápoles y alrededores).

Coger un autobús a las 7:00 de la mañana no es agradable para nadie y más si el punto de encuentro está en la otra punta de la ciudad, pero desde el minuto 0 comenzamos a notar el ambiente Erasmus y la historia prometía. Tres ciudades en tres días y un puñado de amigos que hicieron del viaje un recuerdo inolvidable.

Pusimos rumbo a la Umbría (una región del centro de Italia) con un grupo de españoles animando el ambiente en el fondo del autobús. Y tras largas horas peleando con las sinuosas curvas de las carreteras y la nieve acumulada en el asfalto, llegamos finalmente a Asís. Eso sí, con retraso, una variable constante durante todo el viaje.

En el pueblecito de Asís, “de donde es San Francisco”, un guía narró toda la historia del municipio, de la región (el pueblo de los umbros –los hijos de la lluvia-) y de la capital: Perugia, que surgía en lo alto de una colina en medio de la niebla.

Los perusinos nos recibieron con retraso esa misma tarde. Tres vueltas a la ciudad antes de bajar del autobús y la noche cayó sobre las montañas como un relámpago en Perugia. Allí sólo nos dio tiempo a instalar las maletas en el albergue y recorrer en media hora una ciudad que en mi opinión no tuvo nada que ofrecernos o el guía que nos acompañó no supo mostrarnos. La última parada del ‘giro’, el supermercado. Sí, una tienda para comprar alcohol y calentar motores para la gran fiesta que se celebraba en una discoteca a unos kilómetros de la ciudad. Svegliaaaaaaaaaaaa! Esa fue la frase con la que a las 7:00 de la mañana del día siguiente se despertaron muchos y muchas. Con el alcohol fluyendo aún por las venas y la resaca que aumentaba ligeramente tras cada kilómetro recorrido, nos tomamos un desayuno rápido y... ¡hacia las Cascate delle Marmore!, un paraje natural que sirvió para abrirnos los pulmones y airear el mareo de algunos. Armados con chubasqueros (verdes, rojos, blancos y azules), pusimos en práctica las rutas de senderismo que había marcadas en el recinto, y acabamos salpicados, y otros empapados, por la corriente de los saltos de agua.



En el ecuador de nuestro viaje, dejamos atrás la Umbría y pisamos fuerte en la Toscana. Una región soleada, cálida y en la que todos notamos que el viaje dio un giro considerable (a mejor) con la llegada a Siena.

Según la leyenda, la localidad fue fundada por Asquio y Senio, hijos de Remo (hermano de Rómulo, fundador de Roma) sobre las tres colinas sobre las que se asienta. Siena, la ciudad italiana de los banqueros se abría a nosotros en una tarde que se iluminaba por las antorchas que colgaban de los edificios históricos de la Piazza del Campo. Allí celebraban un mercadillo medieval donde degustamos el queso toscano, el aceite de la región, o los dulces típicos artesanos, entre otros productos. Paseamos por sus entramadas callejuelas, visitamos el Duomo, la Piazza del Campo con su famosa torre y llenamos el estómago con una cena deliciosa, en la que lo mejor fueron los cócteles del Barón Rojo, un pub sienés.

Y para terminar… día de relajación. Tras un recorrido por las llanuras toscanas salpicadas de cipreses y de ruedas de paja, y una comida con productos típicos de la zona (tomates caseros con pan de pueblo, salchichón con hinojo y otro tipo de embutidos, y vino toscano), llegamos a… ¡las termas! Un balneario donde invertimos las últimas horas de nuestro viaje sumergidos en relajantes aguas.

He aquí las fotografías que atestiguan los hechos.

¡Saludos!

Rubén

Eurodinner

| Etiquetas: , , , | Posted On 23 de febrero de 2010

Máximo secreto. El lugar donde nos dimos cita los representantes de cada país ha sido el secreto mejor guardado desde lo del vestido de la Esteban en NocheVieja. Hasta el día de antes no recibimos el e-mail de la ESN (una asociación Erasmus) con las indicaciones y una advertencia: “prohibido llevar a nadie que no se hubiera apuntado a la reunión”. Me recordó a las reuniones supersecretas que salen en los dibujos animados, donde se deciden cosas importantes en grandes salones recónditos.

Una vez llegamos al lugar citado, nos identificamos con la tarjeta ESN y entramos. Unas escaleras nos condujeron a una sala subterránea, donde las mesas se distribuían pegadas a las paredes formando una gran U. En las mesas colgaban las banderas de los países invitados a la cumbre. Y pronto comenzaron a llegar los embajadores.

Cada uno que llegaba, colocaba lo que llevaba con cuidado en sus manos sobre la bandera de su país. Nosotros nos dirigimos a la zona de España y colocamos las nuestras junto a las del resto de compatriotas. Y es que la mesa más grande era la española. ¡Menos mal que en algo somos los mayoritarios! No sé cómo, pero todos acabamos con un vaso en la mano lleno de vino blanco y a la voz de “salute” dio comienzo la cumbre, descubriendo el contenido de las bolsas.

Ni en la ONU, ni en la OTAN, ni en el G-8 se reúnen para un motivo tan trascendental: degustar la gastronomía de cada país. Y es que, entre otras, sobre la bandera francesa había unos crepes salados; sobre la belga una quiche; sobre la polaca empanadillas rellenas de queso; sobre la inglesa un pastel de carne y sobre la húngara una especie de ensaladilla de bocas de mar.

Estaban representados todos los países europeos menos Portugal, Grecia, Rep. Checa y Noruega. Y como países invitados Australia y Brasil. De cada país había uno o dos platos nacionales cocinados por los propios Erasmus, aunque de España había uno casi por cada Comunidad. Y es que éramos más de una decena, que se traduce en una ensalada murciana, zarangollo, salmorejo, huevos rellenos, arroz con leche, cocas rellenas, una paella y hasta tres tortillas. Obviamente los primeros platos en vaciarse fueron los de esta mesa, porque por Europa corre el rumor que en España se come muy bien. Y los allí reunidos dieron fe de ello.

Por nuestra parte, lo que más nos gustó fue el plato belga y unos dulces típicos de Finlandia. Lo malo que tiene este tipo de cenas es que si un lituano, por ejemplo, come de tu tortilla, luego te invita a probar su plato típico. Lo que yo no sabía es que para probar el ‘pan negro’ que trajo tenía que pegarme un trago –a palo seco– de vodka. ¡Y todavía me dice cuando lo bebí, que por qué tenía los ojos llorosos, si eso era como agua!

El plato que más triunfó fue la mousse de chocolate suizo. Aunque no por que estuviera para chuparse los dedos (que también), sino porque la cumbre terminó a cucharazos de mousse. Austria lanzó un trozo de chocolate sobre Serbia; y Rusia que apoya a Serbia se enzarzó a bolazos dulces contra Alemania (que estaba en el bando de Austria). ¡Toda una Guerra Mundial de Chocolate!

Al final ya no se sabía qué país pertenecía a la Triple Entente y cuál a la Alianza. Pero la guerra se saldó con cientos de caras manchadas y millones de risas.

La velada acabó en la discoteca, haciendo todos una gran Comunidad Europea, sin fronteras. Unidos con un mismo objetivo: pasarlo bien ¡Un resumen de la historia del continente en tres sabrosas horas!

Las primeras canciones que pusieron para bailar fueron los himnos nacionales de cada país. No sabía que algunos tuvieran tanto ritmo. Aunque llegó un momento en el que no distinguía los acordes de cada uno de ellos, porque todos los del Este son muy parecidos. Pero era gracioso ver como con cada canción una o dos personas se ponían la mano en el corazón y comenzaban a cantar una letra que no acabamos de entender. Eso sí, cuando llego el momento de España, explotó la fiesta y al son del “nana-nana” dejamos claro que aunque no tengamos costumbre de llevarnos la mano al corazón, ni letra que cantar, somos los que más marcha tenemos.

No sabemos si repetirán otra; pero si no, nosotros ya organizaremos algo parecido; al fin al cabo somos los presidentes de turno de la UE ¿no?

Un saludo, Salva.


Hogar, dulce hogar...

| Etiquetas: , , | Posted On 21 de septiembre de 2009

¡Por fin internet! Lo que nos ha costado encontrar un “posto” con wi-fi para poder actualizar el blog. Al final resulta que toda la plaza del ayuntamiento tiene señal, eso sí, para acceder hemos tenido que pedir la contraseña en la oficina municipal. Ya habíamos leído algo acerca de los lugares públicos con internet, pero hasta hoy no hemos tenido tiempo de investigar si eran ciertos los rumores o no. En cualquier caso, iremos tirando de esta conexión hasta que tengamos internet en casa; y es que de momento las operadoras con las que hemos hablado son muy caras y ningún vecino tiene su señal abierta.

Estos días han sido de locura. En realidad no hemos hecho casi nada de lo que teníamos programado, pero al final de cada “giornata” acabábamos exhaustos. ¿Sabéis lo que cuesta convertir una casa en un hogar? Para poder deshacer las maletas teníamos que limpiar primero los armarios, la habitación y el baño; para poder limpiar teníamos que comprar los productos de limpieza; para poder ir a

comprar teníamos que comer primero; y para comer… fuimos a un pizza-euro, donde nos pusimos las botas.

Finalmente fuimos a comprar. Primero a un supermercado llamado PAM, una especie de Mercadona donde (paradójicamente) lo más caro es el pan. Luego Rubén me llevó hasta el extrarradio de la ciudad para ir al Lidl, menos mal que “el paseo” valió la pena porque allí los precios son casi iguales que en España. También queríamos haber ido al Carrefour, pero todavía no hemos tenido tiempo. Y cuando ya estábamos desesperados porque los precios en las tiendas eran “troppo” caros nos cruzamos con el mercadillo.

Aquí lo montan día sí y día también. El primer día que pasamos era de antigüedades. Luego de ropa y lencería. También había puestos de plantas y finalmente de menaje. A “tutto un euro” hemos llenado la casa de trapos, toallas, utensilios de cocina y hasta unas tazas de café “molto carine”. Eso sí para comprar los cubiertos y las sartenes nos fuimos a IKEA.

La parada de bus para ir a ikea ya la teníamos fichada desde Julio; y aunque nos la han cambiado de sitio por unas obras, al final encontramos el microbús. Bueno, en realidad nos topamos con él cuando íbamos calle arriba y abajo preguntando a la gente. Ir a Ikea es perder toda la mañana y parte de la tarde soñando cómo podría ser tu casa si tuvieras dinero. Y nosotros no fuimos menos. -“Esto lo podríamos poner donde la tele”; -“Coge ese bol para las ensaladas, bueno ese otro que es más barato”; -“Esas lamparitas son muy caras, déjalas para otro día”… En total, casi 150€, y eso sin contar con la comida y el bus (5€ ida y vuelta cada uno).

Hemos estado tan ocupados en darle vida a nuestra casa que casi se nos ha olvidado que fuera de nuestros muros hay toda una nueva ciudad por descubrir. En julio, cuando vinimos a buscar casa ya conocimos las calles principales, pero todavía nos queda mucha Bolonia por andar. Para ayudarnos a adaptarnos a la vida Erasmus está la asociación ESN Erasmus, que con toda la buena voluntad organizaron un “giro” por la ciudad. Digo que estuvo organizado con buena voluntad porque eso fue lo único bueno de la visita. Nos citaron el jueves a las 15h en la plaza del Neptuno ¡y en qué hora se nos ocurrió acudir allí recién comidos!

Allí nos concentramos unos 100 estudiantes de fuera –casi todos con acento español- y tras dividirnos en dos grupos comenzamos una visita guiada de casi ¡tres horas! No sé de qué pasta estarán hechos los italianos, porque lo que somos los españoles estábamos todos cansados a los 20 minutos (es que las 15h de la tarde es nuestra hora de la siesta). De esa forma, al final la gente fue desapareciendo poco a poco y fuimos menos de 50 los que llegamos a la última parada: un bareto donde nos invitaron a cenar. No fue gran cosa, pero gracias a la oficina ESN ese día no tuvimos que gastarnos ni un euro más en comer. Y eso es de agradecer cuando tienes que sobrevivir con una beca Erasmus en Italia.

Un saludo y ¡nos leemos cuando volvamos a encontrar internet!

Salva.